Todas las ideas tienen un valor potencial que se concreta en la innovación

El mantra que una idea no vale nada hasta que la ejecutas si se recorta para decir tu idea no vale nada puede suponer un peligroso incentivo a que las personas no tengan ideas. Aunque lo que también supone de forma es una minusvaloración de la actividad creativa e inventiva para obtener ideas de forma gratuita.

Deberíamos aceptar que las ideas son activos intangibles con un valor intrínseco, y que con su puesta en práctica se pueden convertir en activos tangibles o en generadores de negocio. En muchas ocasiones lo que se pretende con esta frase es no tener que pagar a quién ha tenido la idea una parte de los beneficios que esa idea genere.

Lo cierto es que sin ideas no hay innovación, y son aquellos que tienen las ideas los que hacen que se generen nuevos modelos de negocio, nuevos productos o nuevos servicios. Es necesario reconocer el valor de las ideas para provocar que las personas sean parte activa de los procesos de innovación.

En caso contrario lo que estamos haciendo es introducir en la cultura de la empresa el mandamiento de la empresa excluyente que se concreta en la frase en esta empresa no se le paga para pensar. Con lo que se obtiene una legión de zombies que ejecutan sus tareas sin emoción, y que no tienen ningún tipo de vínculo emocional con la empresa en la que trabajan.

Todo el mundo puede trasladar una idea a la realidad, pero no todo el mundo es capaz de tener esa idea que transforma el mundo en que vive.

Una derivada de la “gratuidad de las ideas” se produce cuando se fomenta el “hay que compartir las ideas”. Esto que en principio puede ser una excelente forma de que las ideas se lleven a la práctica porque es necesario que las ideas evolucionen desde su estado inicial hasta el momento de su concreción. Sin embargo existe el peligro de la “apropiación indebida” de esas ideas por los espabilados de turno (o por las altas instancias) sin el reconocimiento de aquellos que han tenido y han desarrollado esas ideas. Esto tiene normalmente como consecuencia que los “equipos de ideación” dejen de tener ideas o las que den sean de menor entidad.

Ahora bien la capacidad de tener ideas no debe provocar la incapacidad de considerar las ideas ajenas, es decir, no debemos sufrir del  síndrome de “no inventado aquí”. Hemos de aceptar que las ideas ajenas pueden ser mejores que las nuestras o que esas ideas pueden complementar las nuestras o que las nuestras pueden complementar las de otros. Lo que al final debe haber es un acuerdo para el reconocimiento mutuo de la aportación a la “gran idea” que cambiara el mundo.

El valor de las ideas es mayor que el valor que se puede observar en los movimientos especulativos que se dan en los mercados financieros alrededor de los valores vinculados a expectativas de negocios. En numerosas ocasiones las subidas en el precio de las acciones de empresas de carácter tecnológico, especialmente en el mundo digital, no son más que ruedas de hámster que pretenden que el último page la fiesta de todos los que han pasado antes.

La pregunta primigenia a considerar es: ¿Puede existir la innovación sin ideas?

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